Profesor-trincheraEditorial: La Esfera de los Libros S.A. Colección: Ensayo. Año de edición: 2008. Páginas: 180.

Este artículo está dedicado a Bea Virigú y Lezna Sargazo.

Este libro, aunque publicado en 2008, está de rabiosa actualidad. Trata sobre el problema de la educación en nuestro país y su autor, José Sánchez Tortosa, lo hace con una lúcidez monumental, nombrando los problemas inequívocamente, señalando a los responsables sin vacilaciones, ofreciendo análisis certeros, y todo ello con un lenguaje ágil pero penetrante. Como dice Savater en su reseña del 3/6/2008 en El País, "José Tortosa no es un derrotista ni uno de tantos confortables apocalípticos, aunque se niegue a integrarse en el desorden vigente". El libro, ya desde su sugerente título, es toda una llamada a las armas a una guerra con varios frentes abiertos: el de la ignorancia y su hermano de leche, el miedo a saber, sin olvidar el frente de la irracionalidad, el de la dejación de responsabilidades, el de la sobreprotección de nuestros jóvenes, el de la educación de los padres, entre otros. El autor aborda estos temas con referencias tanto a la filosofía -Sócrates, Platón, Kant- como a iconos de la cultura moderna -los Simpsons o Matrix. Es un libro altamente recomendable; invita a pensar, que no es poco en los tiempos que corren.

Vamos, pues, a examinar el contenido del libro. Haremos el comentario tomando citas del libro, pues su escritura es de una excelente concisión y calidad.

 

1 Introducción: El esclavo de Menón

El libro empieza reconociendo el valor de la educación, sobre todo como motor de cambio en el mundo:

Si hay un modo de cambiar el mundo, de variar su rumbo, no se me ocurre otro que la educación. (Pág. 14)

El autor se refiere aquí a la educación como el valor supremo que nos permite convertirnos en seres racionales y, por tanto, ejercer la libertad. ¿O se puede ser libre en el sentido más pleno de la palabra sin ser racional?

(...) gracias a que sois racionales nadie puede engañaros a no ser que vosotros mismos os dejéis. Cada uno de vosotros, en la escuela, se está jugando la libertad. (Pág. 15).

Unas pocas páginas después, se recrea la escena en que Sócrates llama a un esclavo, Menón, a su presencia y empieza a hacerle razonar. Ese razonar consiste, ante todo, en tratarlo como a un ser racional con todas sus consecuencias. Esto, que puede parecer sencillo de ejecutar, es tarea enormemente difícil de llevar a la práctica. A veces ser racional se confunde con usar la lógica para confirmar los propios prejuicios; a veces, ni la lógica se usa, solo las bastardas falacias.

Esto es, con la mayor exactitud, enseñar: provocar la duda, el escándalo incluso, llevar al otro a ese punto en que se choca de bruces con su propia ignorancia y conducirle en el proceso de conocimiento sin poner en él nada más que la duda y la incertidumbre, que son las que le permitirán avanzar. (Pág. 17).

José Sánchez explica la actualización del mito de la caverna de Platón en la película Matrix para ilustrar el dolor que produce convertirse en un ser racional. Acaba el capítulo de introducción señalando el propósito general del libro:

Este texto pretende ser un diagnóstico de la situación actual de la enseñanza media en España a través de las escenas que, a diario, pueden presenciarse y vivirse en sus aulas. (Pág. 21).

 

2 La educación en general o Matrix y la desconexión

En las primeras páginas de este capítulo el autor aborda el problema de la falta de autocontrol de los niños. Observa que los niños viven la clase como un espacio en que libertad queda restringida. Pero ¿qué significa libertad en este contexto?

Podríamos afirmar que la libertad sólo es posible si se tienen adquiridos los hábitos que permiten al individuo resistir a la tentación fisiológica de la ignorancia y la esclavitud, que lo harán manipulable e indefenso, súbdito y no ciudadano. (...) Lo fácil, lo natural, es dejarse vencer por la pereza y la cobardía. La libertad -el conocimiento, el pensamiento, la ciencia, el arte- exigen esfuerzo. (Pág. 27).

Continúa el desarrollo del concepto de libertad y el autor llega a una conclusión, quizás por hartamente repetida no menos antológica:

Ser libre no es hacer lo que se quiere, sino saber lo que se hace. (Pág. 28).

En las páginas siguiente José Tortosa se adentra en terreno espinoso: La educación, si quiere formar individuos democráticos, no debe ser democrática. Aquí denuncia el mal uso de la democracia por parte de nuestros alumnos de secundaria, pues, perversamente, la emplean para esconderse del deber de ser racional, de las responsabilidades de ser dueño de sí mismo, y en el peor de los casos para reventar la clase al profesor. Es un poco triste que un alumno acuse a un profesor de poco democrático porque este se niega a negociar qué parte del temario hay que dar, cómo hay que darlo o cómo hay que evaluarlo. También trata el autor el problema de los "valientes", los gallitos, los rebeldes. Su diagnóstico es este:

A los "valientes" de la clase, a los machitos, a los malotes, les da pánico aprender. Les asusta el esfuerzo y acaso también el poder y la responsabilidad que conocer implica. (Pág. 34).

Sí, es penoso, pero aquí nos encontramos ante el esclavo que prefiere volver a la caverna. En el libro se hace referencia a Cifra, el personaje de Matrix que, en medio de la degustación de un suculento filete, prefiere que lo vuelvan a conectar a vivir en la realidad.

La siguiente sección aborda el problema, paradójico en nuestros días, de la necesidad de estar solo para aprender. Ciertos contenidos se aprenden estando uno solo. Este hecho tan elemental es aterrador para muchos de nuestros jóvenes que viven en una sociedad hiperconectada, global, hambrienta amante de lo instantáneo. Y José Sánchez subraya muy atinadamente lo siguiente:

Como sucede con el saber y con la libertad, también es más fácil renunciar a la soledad que afrontarla. Diluirse y refugiarse en el grupo y establecer vínculos que habitualmente son perjudiciales para uno -y para todos los implicados- es en el alumno tentación e inercia que el profesor tiene como empresa ayudar a vencer.(Pág. 39).

En un apunte sociológico muy interesante sobre el mismo problema, en la página 43 leemos:

Además, parece estar produciéndose un proceso acelerado de infantilización unido a una especie de creciente precocidad juvenil (...) que lleva a los alumnos a asumir desde muy pronto (desde los diez u once años, y a veces antes) clichés característicos de una edad más avanzada. Se da con llamativa frecuencia una inmadurez casi absoluta manifestada en el tipo de relaciones que establecen con los de su edad y que cumplen esa función específica de formar grupo y escapar de la soledad con uno mismo (...).

En la sección El artificio de la enseñanza y la ignorancia natural el autor desmonta con calmosa naturalidad, haciendo honor al método que preconiza, las falacias educativas sobre la curiosidad natural de los niños y los métodos basados en el libre discurrir y hacer de los alumnos. El hábito de estudio, la concentración, la memoria, tienen que consolidarse, y como dice el autor:

En caso contrario, son la molicie, la apatía y la estupidez la que se instalan en el alumno como automatismo dificilísimos de vences. Digamos que ya que el hombre es una criatura de costumbres y ritos, es preferible que el hábito que determine su vida sea el de la razón, que es el de la libertad, y no cualquier otro. (Pág. 47).

La sección siguiente, Enseñando a pensar ("Me estoy rayando"), está cargada de sana ironía. Parodiando el lenguaje moderno de nuestros jóvenes, José Sánchez desenmascara su miedo a pensar. De esta sección pasamos a otra, la del milagro del silencio en las aulas, que, si no fuese por ser dolorosamente cierta, sería graciosa. Pero no lo es. Esta sección muestra la falta de valores con que nuestros jóvenes entran en las aulas de secundaria, valores que incluyen los esperables en la más elemental educación. Detrás de esta situación se ve una situación social terrible: padres ellos mismos sin valores, muchos desbordados por el trabajo, muchos totalmente ignorantes de quiénes son sus hijos.

No hay juego sin esfuerzo: la memoria, ese es el título de la sección que trata la relación entre el aprendizaje y el juego:

Aprender es un juego, pero un juego muy exigente y que compromete la vida de cada uno, un juego que forma como persona. (Pág. 59).

Muchos alumnos clasifican las materias en función del esfuerzo que les supone aprobarlas y no de su potencial atractivo. Sin duda, esto es una perversión en sus sistema de aprendizaje. Hay que estar dispuesto a aprender todo, y más a esas edades, y no engolfarse solo en lo que a uno le gusta (en el peor caso puede que no haya nada). Eres lo que aprendes y mueres el día que te rindes a la ignorancia. La juventud intelectual depende del hambre de conocimientos. José Sánchez lo expone agudamente:

Pero es que el interés o incluso el gusto por una materia es algo que también debe desarrollarse a medida que se trabaja la materia y se van descubriendo sus secretos. Digamos que el aprendizaje es anterior al placer. (Pág. 61).

El aprendizaje en la adolescencia es un ensayo vital para el futuro. El niño que se divierte con las matemáticas o la física ensaya su futuro como científico. El niño que escribe cuentos cortos y estudia las bellas estructuras de la lengua se ejercita en su venidera carrera de escritor. El niño que no aprende nada ensaya su carrera como ciudadano mediocre. Por último, hay una amarga queja del autor ante la pregunta más temida por un profesor -sobre todo cuando se hace con impertinencia-:

Pero esto ¿para qué sirve?", preguntan constantemente los alumnos, demostrando un espíritu utilitario más propio de grises notarios que de jóvenes llenos de vida. (Pág. 66).

La siguiente sección abre con una buena nueva:

La inteligencia es contagiosa, como la estupidez, como el silencio, como el ruido, como la risa, como el llanto. (Pág. 67).

A partir de ahí el autor hace una crítica sutil a la falta de pasión en la enseñanza, falta que condena inmediatamente al profesor de secundaria a la invisibilidad:

Para enseñarle algo a alguien no basta con informarle de lo que se le pretende inculcar, como si bastara decirle a un niño de cuatro años o a un adolescente de doce que se esté callado y quieto en clase para que efectivamente lo haga. Es necesario lograr que lo interiorice, que lo haga suyo a su pesar, que cambie, que moldee su forma de ser, que su naturaleza sea violentada, forzada a ajustarse y a acostumbrarse a un rigor nuevo, a un artificio que le hará crecer intelectual y humanamente. (Pág. 69).

En la penúltima sección, de título La educación y el Estado, José Sánchez asigna la debida parte alícuota al Estado en este desastre que es la educación hoy en día en España. De todas las denuncias que hace el autor me quedó con una de las que para mí es de mayor calado:

Pero esta infantilización parece ir paradójicamente ligada a una creciente actitud paternalista por parte del Estado, que, con sus sistemas educativos, infantiliza a los ciudadanos en edad escolar por medio del hábil recurso de fomentar la ilusión de que deciden y son libres (en realidad, deciden su ignorancia y son libres de no saber nada). (Pág. 72).

La última sección de este capítulo considera la distinción entre educación e instrucción y, como sospecha el lector, denuncia la falta de educación, vista como urbanidad y valores, con que nuestros alumnos vienen a los centros de instrucción.

 

3 El profesor o Morfeo, el liberador estresado

El capítulo 2 empieza con una discusión sobre cuál es el papel del profesor en el aula, sobre si el profesor es realmente necesario ahora que está de moda predicar que "no se enseña, sino que se aprende". Una falacia educativa más: la presencia del profesor es necesaria para que el alumno no se estorbe a sí mismo en su proceso de aprendizaje. Como es inevitable, el autor denuncia que el profesor, de secundaria sobre todo, se ha convertido en "una especie de policía o guardia jurado antes que fuente de conocimiento" (pág. 81). La discusión cambia de tema, pero solo para irse a otro de suma importancia: la formación de los profesores de secundaria. En la sección El profesor es un actor -divertídisima, irónica hasta las lágrimas, cierta como el amanecer- José Sánchez nos muestra a un profesor desesperado por captar la atención del público que forma esa exigente clase de secundaria. Con una metáfora con el mundo del teatro, nos presenta a un profesor-actor que intenta todos los recursos de su arte para atraer la atención de sus alumnos hacia la materia en cuestión, aunque a duras penas consigue que estén medio callados. Usa técnicas de monológos cómicos, de teatro del absurdo, de la Comedia dell'arte, del slapstick, del melodrama, de la performance, de lo que haga falta. En realidad, toda esta ironía destila la amargura producida por una formación penosa de nuestros profesores y concluye el autor:

No es posible convertirse en profesor simplemente con un contrato laboral, una bata blanca o una tiza en la mano, del mismo modo que el sombrero de arlequín no es suficiente para hacer reír.

En la sección El profesor es el enemigo sostiene la interesante inusual tesis del título. Pero ¿en qué sentido es el profesor el enemigo? En el sentido en que enfrenta al alumno a su ignorancia, y esto, claro es, lo contraría, lo violenta incluso. El profesor impone la libertad al alumno a través de la racionalidad. Como dice José Sánchez:

La ignorancia es la cosa más íntima (porque lo son las opiniones que uno cree tener, y es que son más bien las opiniones las que le tienen a uno) y puede resultar tremendamente molesto que sea perturbada por otro.

Estoy de acuerdo con él. He visto casos de defensa de la ignorancia propia cuya fuerza, si empleada en un buen fin, convertiría a su poseedor en un ser racional y sagaz. Me escalofría el poder de la ignorancia y su fuerte raíz, el prejuicio.

La discusión va en crescendo y entramos en la sección El profesor es un fascista ("¿Por qué tengo que creerte?"). Se analiza en ella la autoridad de la figura del profesor y se desmonta la falacia de que hay que creer siempre al profesor. Apuntando a una comunión fundamental, el autor afirma que "educación y libertad van unidos una vez más":

La pregunta "¿Por qué tengo que creerte?"surge de un doble malentendido: primero, no hay que creer al profesor. (...) El profesor transmite a los alumnos unos datos, unas teorías, unas interpretaciones sobre la realidad, una serie de conocimientos que para ellos aún no lo son (no hasta que los comprendan por sí mismos y, por tanto, los hagan suyos de ese modo universal característico de la racionalidad humana). (...) Es importante establecer que la relación académica con el profesor (...) no tiene nada que ver con la creencia. Tal relación se basa en vínculos racionales con respecto a los cuales el alumno tiene algo que decir, porque ser niño o adolescente no significa no ser racional. Este es el motivo por el que educación y libertad van unidos una vez más (Pág. 94).

Profundizando aún más, José Sánchez relaciona mala educación con la irracionalidad, con la prepotencia y con la ignorancia:

El maleducado es el que cree en todo momento que tiene razón absoluta. (Pág.96).

Sigue el libro, de modo realista, relatando las consecuencias de esa maleducación en el aula (las secciones El profesor ya no es un modelo y, en especial, El Hombre Invisible, esta última impregnada de gran sorna). La siguiente sección, Ni amigo ni padre ni hermano, previene de los peligros de una excesiva implicación emocional en los problemas de los alumnos. Cualquier profesor con un mínimo de sensibilidad se ha dado cuenta en poco tiempo de qué alumnos tienen problemas personales. Y estos siempre -absolutamente siempre- tienen una consecuencia directa y tangible en el proceso de aprendizaje. Obviamente, el profesor no puede resolver los problemas personales de todos sus alumnos. Sin embargo, tiene que mantener un delicado equilibrio al respecto, entre una vigilancia en la sombra y una intervención discreta. Por otro lado, enseñar tiene un componente afectivo, sobre todo si se hace bien, porque implica la exhibición de la propia pasión del profesor. Como se decía más arriba, para enseñarle algo a alguien no basta con informarle de lo que se le pretende inculcar, y aún menos hacerlo de manera monótona y desapasionada.

En la sección De Homero a Pocholo (Haciendo zapping con el profesor) el autor se despacha a gusto con uno de los objetos más perjudiciales para nuestros jóvenes: la tele, o como se dice irónicamente en el libro, la Tele. La Tele es el referente para nuestros alumnos y, en particular, la telebasura (¡Ah, dónde está la tan cacareada responsabilidad social de la televisión?). El mundo de la Tele, con sus ficciones ridículas, con su lenguaje empobrecido, con su servidumbre a las más bajas pasiones, con su insulto constante a la inteligencia de espectador, se convierte en el mundo. Esa transmigración del mundo catódico al real produce discordancias de todo tipo:

Los jóvenes de hoy padecen, en general, una incapacidad bastante extendida para distinguir contextos y espacios diferentes que exigen conductas diferentes. (Pág. 107).

o bien:

Y es que no deja de resultar curioso lo exigente que puede llegar a ser el alumno en la escuela con el interés o el atractivo de lo que el profesor le ofrece y lo poco selectivo que es con otros medios, como la televisión. (Pág. 108).

¿Y por qué es esto así? Porque la escuela requiere esfuerzo. Ver la Tele no precisa más que una receptividad inerte y casi vegetativa. Y no es el caso de la enseñanza.

El capítulo 2 termina con una sección muy crítica con el sistema de formación de los profesores, desde el inexistente antes de la implantación del CAP, hasta el propio CAP -ridículo en sus contenidos teóricos, lleno de trampas en su parte práctica-, siguiendo por los cursos de formación (yo mismo he dado varios y puedo corroborar todo lo que dice José Sánchez). ¿Cuándo se tomarán nuestros dirigentes políticos y sus adláteres pedagógicos la enseñanza y la formación de los profesores en serio?

 

4 El alumno o Neo, el esclavo liberado

Entiendo por "egoísmo" inteligente el afán por extraer lo mejor de uno mismo, el interés por el perfeccionamiento personal de las capacidades intelectuales y humanas. (Pág. 117).

El tercer capítulo abre con la introducción de este concepto, el egoísmo inteligente, el cual contrapone el autor al de idiotez egoísta, "la obsesión por lo propio (idion, frente a lo común), sea de carácter individual o grupal. El primer concepto es una virtud:

Dado que el egoísmo inteligente es un distanciamiento con respecto a las pulsiones más instintivas y naturales, el niño ha de ser adiestrado en él, pues por sí solo difícilmente saldrá del narcisismo infantil que lo constituye. (Pág. 118).

mientras que la idiotez egoísta es tratado como un vicio. Aparece otra idea ya tratada anteriormente: la del contagio, tanto de virtudes como de defectos. Aquí el autor describe una situación que, yo mismo como profesor, he experimentado y observado en múltiples ocasiones:

Es llamativo comprobar cómo un chico puede cambiar de actitud y predisposición para el estudio dependiendo del compañero con el que esté sentado. La simple situación física de los alumnos condiciona decisivamente su rendimiento académico. (Pág. 119).

La siguiente sección, Las aulas de Babel, aborda el problema de las barreras lingüísticas en los estudiantes emigrantes. José Sánchez hace gala una vez más de valentía y lucidez al denunciar el paternalismo con que se los trata, paternalismo que no resulta ser más que racismo disfrazado de buenas intenciones. Y tras esta sección, otra más que confronta otro de los grandes problemas de nuestras aulas: los alumnos con problemas personales. Oigamos al autor del libro:

La desidia, la desgana, el rechazo de cuanto huela a estudios, se extienden fatalmente por las aulas como una plaga. A esta epidemia, de la que pocos escapan, hay que agregar los casos destacados, y en ocasiones no demasiado escasos, de alumnos con problemas personales o familiares que no soportan en el profesor y los compañeros la misma indiferencia que sufren en casa. (Pág. 125).

Una de las formas en que esos alumnos con problemas reaccionarán a la insatisfacción profunda que sufren es "la ruptura del ambiente de clase, debido a su incapacidad de verbalizarla". El análisis de José Sánchez en este punto deriva al problema de la escolarización obligatoria.

Todos los profesores nos hemos hecho la pregunta de dónde está la frontera entre la hiperactividad y mala educación. El autor contesta a ello haciendo un simíl con Bart Simpson. En realidad, la respuesta es muy sencilla y así lo confirma el libro: a ningún hiperactivo -diagnosticado o imaginario- se le ha de permitir atisbo alguno de mala educación; en particular, no se le debe consentir interrumpir la clase o conculcar el derecho del resto de los alumnos a recibirla.

Entramos en la sección sobre la Red y sus peligros. La Red, como los libros, no es mala por sí misma, sostiene el autor. Sin embargo, el uso de la Red que hacen muchos jóvenes es pernicioso.

Internet, como un libro, se convierte en un prodigio que otorga al que tiene verdadera curiosidad y ganas de aprender la posibilidad de conocer (..) En manos de quien carece del mínimo interés, de quien no se ha atrevido a desarrollar sus capacidades intelectuales, desacostumbrado a someter a crítica cuanto se le presenta, incapaz, por tanto, de discriminar o siquiera entender el volumen de datos a los que puede acceder, estos artilugios quedan reducidos a una más o menos sofisticada pérdida de tiempo. (Pág. 135).

De la Red pasamos a la Play y a esa curiosa neolengua que es el SMS. Este capítulo es suficientemente elocuente y describe las consecuencias de ambos en la educación, sin paliativos, como en el resto del libro. De hecho, casi diría que esta sección se queda corta y que, sin duda, merecería un libro aparte. En el capítulo Anarquía o fascismo (La tribu de los fascistas "libres") se examina el problema de la permisividad con "las bandas de gallitos en edad adolescente" que marcan su territorio e imponen su ley en los centros escolares. Hay profesores que por falta de firmeza acaban por ser permisivos y benévolos con ellos. Error, craso error. Incluso aunque tal actitud mantenga a los alumnos conflictivos en estado de reposo (léase, ignoran al profesor mientras da clase), es un acto de impunidad que inculcará en el resto de los alumnos el sentimiento de una profunda injusticia.

Las tres secciones finales son una antología del sentido común. La primera, El señorito sin recursos, evidencia el caso de los emigrantes que no aprovechan todas las oportunidades que les brinda el sistema educativo y que se comportan como verdaderos señoritos. El caso es verdaderamente sangrante, pues muchos de esos emigrantes vienen huyendo de una pobreza que luego perpetúan aquí con semejante comportamiento. La segunda sección trata de otro grave problema que se da entre nuestros alumnos, pero que está propiciado por los padres: la sobreprotección. La sección se llama Educado para el mundo de la abeja Maya ("¡No es justo!"). Oigamos a José Sánchez:

Resulta que la realidad "no es justa". Este sorprendente hallazgo puede inducir la tentación de sobreproteger a los niños y jóvenes ante las amenazas del "injusto" mundo de ahí fuera, con la fatal consecuencia de que no se les prepara para ese mundo y se les deja a la intemperie intelectual y emocional. (Pág. 148).

La tercera sección, Libertad y responsabilidad: el caso de Spiderman, disecciona esa libertad a tiempo parcial que exigen muchos de nuestros jóvenes.

Los jóvenes suelen ser muy aficionados a la libertad, pero a una libertad a tiempo parcial. A una libertad de la que no tengan que responder cuando los efectos derivados de ella y de su aplicación al mundo real sean problemáticos, embarazosos, desagradables o peligrosos. (Pág. 152).

5 ¿Y quién educa a los padres?

Es hora de hablar de la responsabilidad de los padres. No cabe duda de que estos tienen su parte de responsabilidad en el desastre de educación de este país, que en el fondo no es más que una crisis de valores. José Sánchez se centra solo en tres problemas, muy bien elegidos por cierto: la responsabilidad de limitar el consumo de la Tele (El que apaga la Tele), la complicidad de los padres en la desautorización moral de los profesores (Los aliados del enemigo) y, por último, la actitud permisiva con los hijos (Los padres de Ned Flanders).

¿Quién apaga la Tele en los hogares españoles? Parece que nadie, parece que cualquier cosa que vomite la caja tonta es digna de verse. El autor aquí da consejos repetidos mil veces por los expertos. Límitense las horas de televisión, selecciónense los contenidos, véanse los programas junto con los niños, etc.

El problema de la desautorización moral de los profesores es muy grave.

Todo parecería insinuar que los aliados lógicos del profesor son los padres, pero quizás este dictamen sea algo precipitada. (Pág. 161).

José Sánchez describe todo una gama de padres cuya característica común es una ceguera y un desconocimiento totales respecto a sus hijos. Con ironía, el autor llega a afirmar que padres y profesores parecen hablar de individuos distintos. Con bastante bondad, José Sánchez escribe lo siguiente:

El error no consiste en respaldar o apoyar al hijo o en criticar la posición adoptada por el centro. Esto es completamente legítimo y aun diría imprescindible. El error consiste en dejarse embaucar por la imagen subjetiva más o menos distorsionada que del hijo -eterno infante para sus padres- se tiene, y sobre todo, en desautorizar a los profesores en presencia del chico (...).

Personalmente, creo que antes que respaldar al hijo o criticar al centro hay que oír la versión de ambos y sopesar los argumentos de ambos. Otro cantar es que el centro se cierre en banda, no aporte información o se aferre a su versión y se comporte tan cerrilmente como la otra parte.

Por último, está la sección titulada Los padres de Ned Flanders. Se relata una escena caricaturesca de la serie Los Simpsons en que se muestra a los padres de Ned Flanders incapaces de imponer a este normas y disciplina, a pesar de su comportamiento agresivo. Y no es porque no puedan, es que no quieren, no creen en las normas, no creen en nada que pueda coartar la libertad de su hijo, aunque esto sea comportarse como un salvaje.

Esta es la caricatura (la escena de Los Simpsons) de un grave problema educativo derivado de una confusión fatal: la prohibición inhibe, coarta. Por ello, permitirlo todo desinhibe. Pero es justamente el aprendizaje de que cada acto propio tiene unas consecuencias el que mejor forja al espíritu libre y responsable, mientras que la actitud permisiva convierte al adolescente en un discapacitado emocional, esclavo de unos impulsos que no controla pero que lo constituyen y, por tanto, supone definitorios en sí mismos.

 

Referencias