Tengo un hijo en 3º de la ESO. Se llama Paco. Va a un instituto sin grandes problemas. El porcentaje de emigrantes es el del barrio, alrededor del 13%, y se encuentran bien integrados; el instituto está razonablemente bien dotado; el director es eficiente; y aunque hay de todo, se puede decir que todavía se encuentran profesores con ilusión por su trabajo; también hay voluntad de disciplina y no admiten la mala educación. No me quejo en ese sentido.

Sin embargo, hay hechos que me ha llamado poderosamente la atención y que me han dado la medida de lo mal que está nuestro sistema de educativo. Quiero hablar en esta bitácora de la infancia robada de los buenos estudiantes.

Cuando mi hijo estaba en primaria solía salir a jugar con él todos los días. He renunciado a suficientes cosas en mi trabajo como para poder hacer eso y lo volvería hacer mil veces. Cuando llegó a 1º de la ESO, a su actual instituto, se acabó el juego de golpe. La cantidad de deberes empezó a crecer y pronto le robó todo el tiempo que disponía para jugar. Solo podía salir a jugar y a ver a sus amigos los fines de semana; a veces, ni eso tampoco. Esta situación me preocupó sobremanera. Observé atentamente los deberes que le mandaban. A veces venía sobrecargado de deberes porque algún profesor se los había puesto como castigo por el mal comportamiento de un o dos maleducados. Como profesor que soy, solo puedo decir que me parece injusto, contraproducente y es muestra poca imaginación pedagógica. Otros profesores mandaban de golpe todos los deberes de una lección y advertían de que el siguiente día los pedirían TODOS. Parece ser que lo hacían a sabiendas de que la mayoría de los alumnos haría menos de lo pedido, pero al menos llegarían a lo que el profesor necesitaba en la siguiente clase. Algunos ingenuos, como mi hijo, pensaban que los profesores no usaban semejantes artimañas y, claro, se mataban a trabajar esa tarde hasta altas horas de la noche. En general, se podía percibir una monumental descoordinación entre los departamentos a la hora de pedir los deberes. En ciertas épocas, especialmente cerca de las evaluaciones, llovían los trabajos, arreciaban las lecturas de libros, se multiplicaban las actividades por hacer. Había que cubrir programa. Y más días sin salir, sin jugar (jugar, que no es otra cosa que ensayar el futuro), menos profundidad en el trabajo hecho, más sensación de superficialidad, pues estudiaban la materia sin asimilarla.

Lo que más indignación me causaba era el trato desigual que descaradamente se aplicaba en el asunto de los deberes. Paco, mi hijo, me contaba que muchos días solo él y otros dos o tres compañeros más llevaban los deberes hechos. Los profesores, salvo raras excepciones, no premiaban a estos alumnos en modo alguno. Sin embargo, cuando alguno de los alumnos vagos y faltos de modales, sí, de esos que interrumpían la clase muchos días, traían los deberes hechos se les premiaban de un modo injustificado, con el consiguiente agravio comparativo. Cuando en conversaciones informales se ha sacado el asunto siempre he recibido la misma respuesta: "El sistema es así". Digo conversaciones informales porque cuando he intentado que el asunto se discutiese más formalmente siempre se ha negado el problema.

Y mi hijo pasó a 2º de la ESO. Y la situación se agravó. La carga de deberes se hizo aún mayor y con frecuencia la razón era la mala coordinación entre los profesores. En reuniones con otros padres conté mis impresiones y, para mi sorpresa, era una preocupación general. Lo hablé discretamente con algunos profesores del instituto. Algunos minimizaron el problema, el de la infancia robada; otros se mostraron pesimistas y, encogiéndose de hombros, me dijeron que nada se podía hacer, que nada podría conseguir con mis quejas. Pero me resisto a que se le robe la infancia a mi hijo.

De común acuerdo con mi esposa y con Paco, instituimos el viernes como día libre de deberes y día de amigotes. Funcionó bien. A Paco le gusta saber que tiene un día fijo de asueto para relajarse con sus amigos. Ciertamente, le sirve para descargar tensión del instituto y de sus excesivos deberes. Esto alivia la situación, pero en modo alguno soluciona el problema de la infancia robada.

Quiero hacer constar que Paco solo tiene dos actividades extraescolares: una hora y media de inglés (es tan penosa su enseñanza en este país) y dos horas de deporte (juega al hockey línea) repartidas en dos tardes. No se puede decir que le falte tiempo para hacer los deberes a causa de un exceso de actividades extraescolares.

Este año, ya mi hijo en 3º de la ESO, me encuentro con que su instituto sale el segundo mejor de la región de Madrid en 2010; véase el MUNDO del 11 de febrero. Además, añade la noticia que el informe está  basado en la metodología del Informe PISA de la OCDE. No cabe duda de que la metodología PISA solo atiende a los resultados y no a los medios. De lo contrario, este instituto no podría haber salido en segundo lugar. Solo espero que esta posición en esta clasificación no sirva de excusa para apretar más a los alumnos trabajadores; el resto, no tiene problema, claro.

Por poner un ejemplo, este año la profesora de Biología de mi hijo tiene sus clases en lunes y martes. Durante el primer trimestre las fiestas cayeron mayoritariamente en esos días. Además, para más inri, programaron varias salidas en ¡lunes y martes! ¡Olé la coordinación! Pero, claro, la profesora tenía que cubrir el temario. Como se imagina el lector dio la materia muy rápido, dejó muchos detalles para los alumnos (para los buenos, para que se machaquen; el resto, ya sabemos). De nuevo, mi hijo se las tuvo que apañar como fuese y echar muchas horas. ¿Es esto un ejemplo de coordinación? Me parece que no. ¿Quién lo paga? La infancia de nuestros hijos.

Así que me pregunto:  ¿qué están haciendo con la educación de nuestros hijos? Cuando un niño como mi hijo, que va a un instituto sin problemas aparentes, se encuentra con esa carga excesiva de deberes que le roba la infancia, un sistema educativo que premia a los mediocres y ningunea a los buenos, con unos programas repetitivos, ¿qué nos cabe esperar de la educación en este país? Mi hijo siente ya que la educación en cierto sentido le castra.

NOTA: Soy profesor y naturalmente mando deberes. Pero comprendo que la bondad de mi docencia no reside en la cantidad de deberes que mando, sino en la inteligencia con que están puestos.

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