1  Ganar ante todo: la cultura de la infracción de las reglas

 

alt En el invierno del 69/70 Edmund Vaz se embarcó en la nada fácil tarea de investigar una violencia que ya había contaminado las ligas infantil y juvenil. Vaz recolectó datos referentes a esas ligas: Tyke (7-9 años), Novice (10-11 años), Pee Wee (12-13 años), Bantam (13-14 años), Midget (15-16 años) y Juvenile (17-18 años). Elaboró un extenso cuestionario en el que preguntaba por múltiples aspectos del juego: la importancia de ganar, la deportividad, la forja del carácter, las infracciones de las reglas, la diversión en el juego, la socialización, las expectativas de entrar en la NHL, etc. Envió el cuestionario a más de 2.000 personas entre jugadores, entrenadores y directivos y recibió 1.915 cuestionarios de vuelta. Aparte de los cuestionarios estuvo asistiendo a entrenamientos y partidos mañana, tarde y noche, y mantuvo muchas conversaciones y entrevistas que sumaron varios cientos de horas. A esa recogida de datos le siguió un tratamiento estadístico (véase el apéndice final de su libro). Toda esa ingente cantidad de datos sirvió a Vaz como base de sus reflexiones, las cuales fueron mucho más allá de las versiones oficiales que se daban en la época. Nosotros glosamos aquí sus reflexiones como base de nuestro análisis.

 

 

Vaz, ya en el prefacio de su libro, plantea el problema de la violencia en las ligas infantiles como una consecuencia de la aceptación moral de la violencia por parte de la sociedad, sea dicha aceptación hecha con más o menos disimulo. Señala la necesidad de enseñar a los jugadores jóvenes a jugar según las reglas desde el principio. En la página 18 identifica a un primer causante de la situación: el entrenador. He aquí una entrevista que refleja la actitud típica de los entrenadores respecto a las cualidades que han de tener los jugadores de hockey (páginas 18-19):

 


Vaz: Cuando le traen 50 niños para hacer una selección, ¿cómo los elige?

 

Entrenador: Bueno, lo que hacemos primero es ponerlos a patinar y observamos, vemos quién patina bien y quién no. Eso es lo más importante; tienen que saber patinar. Después los dividimos en dos o tres grupos y les ponemos a jugar un partido, y a partir de ahí seleccionamos.

 

Vaz: ¿Es ése el criterio principal?

 

Entrenador: Sí, si un jugador puede patinar, las otras habilidades se pueden trabajar y acabarán por mejorar.

 

Vaz: ¿Qué más es importante?

 

Entrenador: Los fundamentos del juego: tirar y cosas como las que yo te puedo enseñar.
 

 

Al entrenador no le interesa si los jugadores respetan las reglas, o si son capaces de crear buen ambiente en el equipo o tienen deportividad.

 

Más adelante Vaz entra en el espinoso tema de ganar (recuérdese que estamos hablando de ligas infantiles). Hay una cultura que impone ganar a toda costa. Como decía un entrenador (página 43), "hay que evitar perder a casi toda costa". Eufemística manera de decir que vale todo para ganar. Vaz concluye que los entrenadores y directivos de clubes, y en menor medida los padres, transmiten la idea de que las reglas se pueden saltar, y si ello propicia una victoria, con más razón. Muchos niños se sentían perturbados por esta actitud; sentían que no había un sentido de la justicia en el juego. La consecuencia de esa falta de respeto por las reglas fue la aparición de la violencia. Los entrenadores, con métodos más o menos sutiles, alentaban los golpes en la pista. Como muestra de ello, tenemos la entrevista a un niño de 14 años (categoría Bantam, liga Allstars B):

 


Jugador: Hay una categoría de entrenadores llamados los mamporreros1. Todo lo que quieren que hagas es salir ahí fuera y dar golpes a todo el mundo. Cada vez que se acerca alguien tienes que darle un golpe. No te tienes que preocupar de nada salvo de golpear al hombre. Eso es lo que haces todo el partido.

 

Vaz: ¿Qué piensas de eso?

 

Jugador: No me gusta.

 

Vaz: ¿Y si con ello ganas partidos?

 

Jugador: Bueno, eso no suele pasar. Tienes que meter la pastilla en la portería para que el gol suba al marcador. No puedes evitar que el otro equipo meta gol. Y nuestros goles los marcamos nosotros. La mayor parte del tiempo lo que pasa es que empieza una gran pelea. Los equipos se vuelven locos o hay una discusión que acaba en pelea. No es bueno.

 

Sin embargo, éste es un caso de un niño que rechazaba la violencia. El condicionamiento para ejercer la violencia llegó a ser muy efectivo, y la mayor parte de los niños lo aceptaban. Véase como prueba la siguiente entrevista:

 

Vaz: ¿Crees que se pone demasiado énfasis en golpear durante el juego?

 

Jugador: No, creo que no se pone el suficiente énfasis. Debería ponerse más.

 

Vaz: ¿Por qué?

 

Jugador: Porque cuanto más golpees, más duro es tu equipo, y vas a intimidar al equipo contrario, y finalmente, meterás más goles. No quiero decir jugar sucio, solo jugar duro.

 

Según se consolidó esa cultura del ganar, aparecieron otras consecuencias indeseables: jugar con dolor o lesionado2, considerar las cicatrices como "heridas de guerra", la aparición de la figura del policía3, la identificación del buen juego con la agresividad y la dureza y al fin las tristemente famosas peleas. Otra entrevista de Vaz nos muestra qué significan las reglas para un jugador con esa mentalidad (de nuevo, estamos hablando de niños de menos de 14 años):

 


Vaz: Si un jugador contrario se escapa en un 1 contra 0 y uno de tu equipo va detrás de él y no puede alcanzarlo, ¿qué debería hacer?

 

Jugador: Debería derribarlo.

 

Vaz: ¿Cuál es la mejor manera de derribarlo?

 

Jugador: Con el palo, barrerle los pies; ésa es la mejor manera.

 

Vaz: Entonces, ¿es correcto infringir el reglamento para evitar un gol?

 

Jugador: (Moviendo la cabeza afirmativamente.) Sí, las reglas se han creado porque se van infringir y nosotros podemos infringirlas también, sobre todo para ganar el partido, como hacen todos los demás.

 


Vaz analiza asimismo el papel de la deportividad en el hockey. Supuestamente, el deporte transmite e inculca ciertos valores: el compañerismo, el valor del bienestar físico, el valor del esfuerzo y el trabajo, el saber perder, el respeto por las reglas, el valor de la no violencia, etc. Sin embargo, los hallazgos de Vaz en su trabajo son demoledores, pues ponen al descubierto una actitud fuertemente hipócrita respecto a la deportividad. Un entrenador de la liga Pee Wee (11-12 años) habla totalmente en serio cuando dice:

 
"La deportividad es chocar las manos al final del encuentro. No importa cuán sucio fue el partido, eso ya ha pasado y lo tenemos que olvidar. Después, los chicos charlan entre sí y todo va bien. Si no chocan las manos, no tienen deportividad".
 

Más elocuente aún es la entrevista a un jugador de la liga A Midget (15 - 16 años):

 


Vaz: ¿Habla el entrenador sobre deportividad en el vestuario?

 

Jugador: No, creo que no.

 

Vaz: Si lo hiciese, ¿qué crees que diría?

 

Jugador: No tengo ni idea.

Lamentablemente, la conclusión que podemos sacar es que el concepto de deportividad que observó Vaz en su estudio se reducía a un ritual vacío.

 

La filosofía de ganar a toda costa hizo que se usasen métodos cada vez más agresivos, de modo que la violencia se transformó en un sistema de control. Las propias reglas del juego habían sido superadas por este sistema de control. Entrenadores, directivos y padres4 asumían esta violencia que se imponía a los jugadores. Entonces vinieron los violentos incidentes de mitad de los años 70, incidentes que se saldaron con graves lesiones para varios jugadores: Dan Maloney de los Red Wings, Henry Boucha de los Minnesota North Stars, Dennis Owchar, entre otros, que quedaron con graves lesiones que les impidieron volver al hockey y los dejaron prácticamente minusválidos. El estudio de Vaz había sido una profecía y ésta se había cumplido.

 

Vaz es clarividente respecto a las medidas que hay que tomar. En el prefacio declara que "reducir sustancialmente la violencia requiere algo más que penalizar a los agresores". En efecto, Vaz aboga, por un lado, por un cambio en el reglamento de modo que las oportunidades para cometer infracciones se minimicen, y por otro, por un cambio de mentalidad de los entrenadores. Ese cambio de mentalidad implicaría conseguir que los jugadores mismos quisieran jugar de acuerdo al reglamento.

 

Curiosamente, Vaz apenas habla de los árbitros. Es fácil darse cuenta de que, si la presión que ejerce esa cultura de la violencia está tan enraizada, entonces la solución inmediata, mientras llegan las medidas educativas, está en un cuerpo de árbitros que aplique el reglamento con rigor. Los árbitros parecen no tener ninguna responsabilidad moral en la situación. Como dijimos antes, los árbitros son los verdaderos garantes de las reglas en la pista. Los jugadores no pueden tener un sentido de la justicia en el juego si saben que los árbitros no harán respetar las reglas. Sin embargo, la responsabilidad moral de los árbitros no se trata en el libro de Vaz; su trabajo se centró en el papel de los entrenadores y directivos.

 

 

 

Referencias

[Ass03] Nanaimo Minor Hockey Association. Violence, not part of youth hockey, 2003. Proyecto piloto para parar la violencia en las ligas infantiles. Web: http://www.hockeynanaimo.com/informationPDFs/WorkingPaper.pdf
[McM74 ]William McMurtry. Investigation and inquiry into violence in amateur hockey, 1974. Informe del Gobierno de Ontario.
 
[Pas00] Bernie Pascall. Eliminating hockey violence, 2000. Informe del Gobierno de British Columbia.
 
[Roy77] Guy Roy. Violence au hockey. Les Éditions Sherbrooke Inc., 1977.
 
[Vaz82] Edmund Vaz. "The professionalization of youth hockey. University of Nebraska Press, Nebraska, 19982.
 
 

Pies de página:

 

1Reconocemos nuestra incapacidad para encontrar una traducción más adecuada que la que ofrecemos aquí. En el original los llama hitting coaches.

 

2Varias entrevistas que no hemos transcrito aquí por falta de espacio hablan del aislamiento social dentro del equipo que sufrían los jugadores que decidían no jugar lesionados.

 

3El policeman es un jugador muy fuerte y corpulento que se pelea con aquellos jugadores del equipo contrario que castigan físicamente a los jugadores más habilidosos o más goleadores de su equipo. También es conocido por el reinforcer o por el goon.

 

4 Las encuestas de Vaz revelan que los padres de los jugadores más jóvenes, los de las dos o tres primeras ligas infantiles, protestaban por la agresividad en el juego. Según subían sus hijos de categorías dejaban de protestar. Los niños no protestaban en general; asumían la violencia como parte del juego.
 


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