Introducción

Un alumno me ha pedido que haga una redacción sobre cómo me ha ido a mí esta año con los grupos GM21  y GM22. Una redacción que sea un poco la otra cara de la moneda. Siempre os estoy pidiendo redacciones a vosotros, redacciones en que os pregunto insistentemente por la marcha de la clase, por vuestros problemas de aprendizaje, por vuestra satisfacción emocional con la asignatura y conmigo, por los retos morales del curso, entre otras cuestiones. Ahora es mi turno. Este alumno me ha dado dos preguntas por la que tiene curiosidad. Las contestaré a lo largo de mi redacción. Las preguntas son: 

  1. ¿Todos los años son más o menos igual de satisfactorios (o poco satisfactorios)?
  2. ¿Cada año notas diferencias en cuanto al nivel y a la actitud de tus alumnos en algún sentido o siempre se siguen más o menos los mismos patrones?

Como antecedente a la petición que me ha hecho este alumno, en otra ocasión me pidieron mi autobiografía matemática. La escribí y la podéis encontrar AQUÍ

Dicho esto y antes de entrar en cómo me ha ido este año, quiero recalcar que mis cursos son todos los años una batalla. ¿Una batalla contra qué o quién? Una batalla contra un enemigo de múltiples cabezas: la obsesión por las notas, el vómito (¡ah, mi querido vómito!), por la inercia a pensar, por la pereza por el trabajo constante, la baja autoestima matemática (y a veces general), el dolor causado por profesores anteriores, la idiosincrasia de obtener un título sin aprender, el desprecio ciego y sistemático por el profesor. Intento salir lo más victorioso posible de la batalla, en la cual siempre hay víctimas en ambos lados.

Por el lado de los alumnos, los hay que abandonan sin darme y sin darse la más mínima oportunidad. Oigo con frecuencia frases como (sacadas de redacciones o de conversaciones reales): ¡Este tío nos hace trabajar mucho!, ¡Este hombre está loco: estudiar todos los días?, Entiendo lo que quieres hacer, pero ya es demasiado tarde, ¿Qué puede hacer una asignatura dada así contra el resto?: nada; me voy. Sí, el abandono es lo más doloroso. Muchos alumnos no me dan ninguna oportunidad. Y sé que podrían aprender mucho, cambiar de forma significativa, pero son inmisericordes. Y esto es sin contar el abandono estructural de la ETSISI (la UPM en general), que es de un 10%-15%. Como sabéis me aprendo los nombres de mis alumnos antes de la primera clase. Todos los años me aprendo entre 10 y 15 a los que no veo nunca (nótese mis itálicas). Otros alumnos se van cayendo por el camino. No encuentra la fuerza psicológica y moral para seguir, a veces es incluso una cuestión de madurez. Se resignan a una segunda o tercera matrícula. Normalmente, sigo a estos alumnos los años siguientes y la gran mayoría vuelve a suspender. Tienen defectos estructurales de aprendizaje que les impide aprobar una asignatura como estadística, con un nivel de empaque intelectual un poquito por encima de la media. Esos alumnos me producen una fuerte sensación de compasión (dicho sin ninguna condescendencia=

Por mi lado, esa batalla produce turbulencia emocional y a la vez una profunda sensación de plenitud. Cuando te comprometes profundamente con el aprendizaje de tus alumnos -y no exclusivamente con tu propia docencia-, cuando los tratas como a personas, cuando reconoces su complejidad emocional ante la asignatura y ante ti, creas una conexión humana que implica necesariamente turbulencia emocional (por cierto, que está documentada en estudios de investigación). Los veo comprender, los confronto fieramente con los defectos morales del vómito, los veo luchar, caerse, levantarse, los veo afectados por factores externos, por sus propios problemas emocionales aparte de la clase, los conozco un poquito a través de las redacciones y de las interacciones en clase (¡y he conocido gente tan extraordinaria!), los oigo expresarse en las conversaciones sobre aprendizaje que tenemos en clase, escucho sus críticas, por aceradas o infundadas que sean; en fin, observo su trayectoria vital con detalle. Esto necesariamente crea turbulencia emocional. Cuando noto que un alumno se está cayendo, me duele; en ocasiones, se me rompe el corazón (y sé que puede sonar ridículo, pero es así). Sin embargo, un porcentaje significativo de mis alumnos suelen salir adelante (y con esto no quiero decir que aprueben, sino que aprendan y crezcan personalmente). Y esto me produce una satisfacción vital muy grande. De hecho, es lo que hace que la docencia me apasione tanto. No solo tengo una pasión por las matemáticas -que la tengo-, sino por la aventura humana -y esta es más importante que aquella-. Desde que cambié mi estilo de docencia (esa es otra larga historia), la satisfacción personal con los alumnos ha sido muy profunda. Tengo alumnos que con el tiempo se convirtieron en mis amigos, con los que sigo en contacto (he ido a bodas de mis alumnos), con los que comparto otros intereses (literatura, música, informática, matemáticas, inglés, o sencillamente unas risas); alumnos que todavía a día de hoy me dan las gracias por los cambios que produje en su vida. Algunos de estos agradecimientos me han llegado en forma de redacciones, la mayor parte de las veces meses después del curso, y cuando las releo siempre me lleno de emoción y, a falta de otra palabra mejor, de significado. A pesar de los problemas que me plantea mi método docente en mi departamento (falta de libertad docente, fuerte inercia al cambio a pesar de las evidencias de que el sistema no funciona, falta de sentido crítico, marginación profesional y personal), no renuncio a la aventura humana. Es tan bella.

 

Los grupos de este año

Este año me ha ocurrido de todo, bueno y malo, pero en términos generales ha sido un año extraordinario. En verdad, ha sido uno de los más satisfactorios. Empero, comenzaré por los aspectos negativos. Como sabéis tengo una norma, que de manera explícita establezco el primer día de clase: no se permite el uso de móviles, salvo que yo lo autorice. Si te veo usando el móvil, te echaré de clase. La manera en que lo hago normalmente es que espero alguna actividad individual y entonces en voz baja y al oído le pido al infractor que abandone la clase; lo suele hacer sin más algarabía. No suelo echar a alguien a la primera, sino que le doy una oportunidad diciendo cosas como Te estás sonriendo al mirar tu bragueta; ¿o bien te hace gracia o bien tienes un móvil ahí?, Guarda el móvil, por favor y otras semejantes. Pues bien, transcribo el incidente que he sufrido este año como si fuera una obra de teatro.

[En medio de una clase de Estadística; en concreto, viendo modelos discretos y continuos. Un alumno, RAMÓN (nombre inventado), sentado en la segunda fila juega fieramente al Brawl Stars. Mirada mía de reconvención. RAMÓN me mira a su vez indignado. Estamos en medio de una discusión sobre variables aleatorias. Seguimos con la misma. De pronto, me doy cuenta de que RAMÓN no ha guardado el móvil y sigue jugando al dichoso juego.]

PACO: [Con voz suave, neutra, hablándole cerca de su sitio.] Ramón, te he pedido antes que guardes el móvil y no lo has hecho. Por favor, salte de clase.

RAMÓN: [Con cierta tensión en la cara.] No, no lo voy. No me voy a ir de clase.

PACO: Me temo que tienes que irte de clase. Es una norma establecida el primer día...

RAMÓN: [Cortando a PACO, subiendo el tono de voz.] He dicho que no me voy. [La CLASE deja lo que estaba haciendo y presta atención a la escena.] Hay una ley que dice que si he pagado, tengo derecho a estar en clase [Me mira desafiante].

PACO: Ya he echado a otros por el mismo motivo. Además, dudo de que tal ley no exista; nunca he oído hablar de ella. Te pido, por favor, que te vayas.

 RAMÓN: [Subiendo más el tono de voz.] No, no me voy, me quedo. [Sigue jugando al Brawl stars.].

PACO: [Perplejo, a la CLASE.] Sigamos con el problema en cuestión, esto es, veamos cómo se puede probar la falta de memoria de una distribución geométrica. Tenéis 10 minutos para pensarlo.

[PACO llama a SEGURIDAD. Se personarán en 10 minutos. RAMÓN guarda el móvil y explica a quien quiera oírle que él conoce muy bien sus derechos y en particular esa ley. A los 10 minutos aparecen los de SEGURIDAD. Les hago una seña para que no entren. RAMÓN los ve y se queda lívido. PACO sale fuera de clase a departir con SEGURIDAD.]

SEGURIDAD: ¿Cuál es la situación, señor Gómez?

PACO: Hay un alumno que ha sacado el móvil en clase y ello conlleva la expulsión. Sin embargo, se niega a irse. Dejénme que hable con él por última vez. Si no se aviene a razones, os pediré que lo intenten ustedes.

[PACO entra y se dirige a RAMÓN.]

PACO: RAMÓN, ¿te vais a ir de clase, por favor?

[RAMÓN frunce los labios en un gesto de rabia, recoge sus cosas y sale del aula.]

RAMÓN: [Según sale.] Estas no son maneras de hacer las cosas.

[PACO habla con los de SEGURIDAD brevemente y estos se van.]

Hice todo esto con las piernas temblándome, estuve todo el fin de semana alterado (esto ocurrió un viernes), no me podía quitar las imágenes del incidente de la cabeza. Sé que hice lo que tenía que hacer. Ese mismo día se lo comuniqué al Director del Departamento y hicimos una consulta a la Asesoría Jurídica de la UPM. Tal ley no existe, nos dijeron; fue un puro invento de RAMÓN. El problema de los móviles es cada vez mayor. No importa cuántos estudios muestre a los alumnos sobre cuánto distraen a uno mismo y a los demás, los alumnos son esclavos de ellos. Cuando me preguntáis en qué veo que han empeorado las nuevas clases, os digo que en la dependencia de los móviles.

Otro aspecto negativo ha sido el rápido abandono. De esto ya he hablando más arriba, cuando comentaba la batalla que plantea mi método docente. Sin embargo, este año la gente se ha rendido antes que nunca. Cuando otros años, hay sobre un 10%-20% que deja la asignatura tras el primer parcial, esto ha ocurrido alrededor de la tercera o cuarta semana. Esto significa una mayor cuota de especulación, una menor capacidad de resiliencia, menor aprendizaje. Y los números no han mentido. El porcentaje de presentados en el final de junio fue muy pequeño y en cambio en el de julio fue inusualmente alto. Esto quiere decir que muchos alumnos decidieron al mes de asistir a la asignatura ¡que se la dejarían para julio!

Ahora voy a entrar en los aspectos positivos que he encontrado este año. Son muchos. Ha habido ejemplos de superación personal que me han emocionado. Parte de ese empeño de superación personal ha venido dado por los contenidos emocionales y morales presentados en clase. Y de eso estoy muy contento. También me ha asombrado la capacidad de trabajo que he visto en ambas clases. Ha habido días que hemos estado trabajando durante dos horas seguidas problemas que eran duros, problemas contra los que os estrellabais. Sin embargo, os levantabais y seguíais intentándolo. Y habido momentos muy bonitos en clase, momentos de comprensión de algo profundo, momentos en que había un silencio sepulcral y seguíamos una discusión con total reverencia. Otra cosa importante para mí ha sido la apreciación de las matemáticas conceptuales que os he inculcado. Pronto os disteis cuenta de que las matemáticas no son cálculos sino ideas, y, aunque llevo tiempo y dolor, en un tiempo récord la clase se sintió cómoda con el nuevo paradigma. ¡Esto tiene un mérito enorme! Y por último, diría que he encontrado en ambas clases alumnos extraordinarios como personas. No es cuestión de dar nombres aquí y ahora, pero os puedo asegurar que he conocido e intimado con alumnos cuyas trayectorias personales me han deslumbrado. Algunos venían desde la brillantez y su ejercicio me ha dejado asombrado. Otras veces, ha sido la trayectoria ascendente de venir de un sitio pobre y oscuro y alzarse hasta cumbres luminosas. Otras veces, ha sido el sentido humor, la visión de la vida, el sentido crítico, o incluso el pesimismo. La gente siempre es lo más importante.

 

La evolución de los últimos años

En general, algunas cosas se mantienen. Todos los años me encuentro con alumnos extraordinarios, como decía hace unas líneas. Eso no cambia. Se trata solo de crear conexiones significativas y ellos siempre están ahí. Esto es, como ya he dicho, lo más gratificante y esencial de mi carrera docente (recuerdo el vídeo de Rita Pierson).

Como también apunté más arriba, la cantidad de distracciones asociadas a la tecnología en general y a los móviles en particular es muy preocupante. Muchos alumnos están enganchados a los videojuegos y a las redes sociales y no son capaces de tener tiempo de calidad para estudiar. Este problema noto que se agudiza según pasan los años.

Otro punto a destacar, por triste, es que noto que la mayoría de los alumnos vienen con destrezas de alto nivel poco o mal desarrolladas. El problema de la lectura comprensiva es quizás el más grave, pero también lo son otros como la capacidad de escritura, la capacidad de revisión, la resiliencia o la abstracción. Esto también os digo que ha empeorado con los años.

Para terminar, diría que los alumnos con que me encuentro cada año son menos cultos. Por culto quiero decir que tienen poca perspectiva general de la cultura. Se limitan a querer ser buenos en informática, pero a un nivel muy técnico (sé tal o cual paquete que está de moda), no a un nivel profundo (¿qué es la computación?). En general, no leen literatura, no tienen una visión global de la informática, adolecen de falta de sentido crítico, son más cínicos del mundo que antes.

 

Si has llegado hasta aquí, te doy las gracias por leer tan largo texto. Si no has llegado hasta aquí, es que no estás leyendo esto.