Hay una diferencia entre no saber y no saber todavía. Y aún más, entre no saber y no querer saber. No querer saber implica que los prejuicios han atenazado el sentido crítico de tal manera que solo dejan refugiarse en un oscuro y confortable redil. Así, los creacionistas no quieren saber nada de la teoría de la evolución y sus fantásticos logros en estos más de 150 años desde su formulación. No saber supone, en cambio, no tener interés por saber. ¿Se puede pasar uno por la vida sin saber? Se puede pasear por la vida sin saber. No comprenderemos la realidad que nos rodea, la capacidad de cambio será limitada, el mundo parecerá algo misterioso y complejo, nos perderemos los grandes logros de nuestros predecesores, y probablemente nuestra vida esté centrada alrededor de alguna vía de escape o incluso alienamiento. Esto también puede resultar reconfortante, pero no conduce a una vida demasiado plena. No saber todavía (pero querer saber) supone curiosidad vital e intelectual; supone estar con la mente y los sentidos abiertos y alerta; supone relacionar lo aprendido con lo experimentado; supone elucubrar, predecir, teorizar, poner en práctica, equivocarse y levantarse, hacer de la lectura la respiración espiritual, entusiasmo hacia el universo; supone compartir y recibir. Así visto, la vida es más llena que en los casos anteriores.

Sin embargo, en este breve artículo quiero tocar otro asunto: ¿qué sabe el que sabe? En particular, lo que la ciencia quiere saber. Este es el título de un artículo de Stuart Firestein, catedrático de ciencias biológicas en la Universidad de Columbia, en el pasado número de junio de 2012 en Investigación y Ciencia [1]. En ese artículo introduce un concepto que me parece muy sugerente: la ignorancia de calidad. Firestein observa que la especialización en ciencia ha aumentado a un ritmo vertiginoso. Ya no quedan hombres que puedan dominar la ciencia de su tiempo, como fue Newton, por ejemplo. La especialización es tan vasta -valga la paradoja- que incluso dentro de un mismo campo es muy difícil estar actualizado en los temas que están fuera de las líneas de investigación propias. Otra cosa son las lecturas de divulgación, que esas siempre hay que hacerlas, incluyendo los campos en que no somos especialistas.

¿Qué hacer ante semejante montaña de datos, teorías, revistas, estudios? Los científicos prescinden de ella -afirma Firestein. En principio, sorprende esta afirmación, pero un momento de reflexión nos lleva a la conclusión de que en ciencia las preguntas son más importantes que las respuestas. Es el no saber todavía (pero morir por saber) de que hablábamos al principio. A pesar del aumento exponencial de las revistas científicas, es claro que la ignorancia crece más rápidamente que el conocimiento, y que esta situación se perpetuará. La ignorancia crece a través de las preguntas, que se pueden formular rápidamente, mientras que el conocimiento necesita de la investigación, que se produce a un ritmo considerablemente menor. Pero aquí estamos hablando de la ignorancia de calidad. En las palabras de Firestein:

Uno de los más ricos frutos del saber científico es que genera nuevas y mejores formas de ignorancia: no la clase de ignorancia nacida de la falta de curiosidad, o de la incultura, sino, por el contrario, de ignorancia de gran calidad.

Al final del artículo Firestein advierte contra una mala práctica en el mundo de la divulgación científica, y esta es hacer más énfasis en las respuestas que en las preguntas. Las respuestas conllevan un alto nivel de complejidad en muchos casos. En cambio, las preguntas que han motivado una investigación son mucho más fáciles de formular. De hecho, partiendo de la pregunta, que siempre genera interés, se puede llegar por aproximaciones sucesivas a una explicación de la respuesta. Firestein lo expresa muy elocuentemente:

Pero si los científicos nos explicaran las preguntas, en lugar de aburrirnos hasta sacarnos los ojos de sus órbitas con su jerga, si los medios de comunicación no se limitasen a exponer los descubrimientos y dieran cuenta de los problemas que condujeron a ellos, y si los docentes dejasen de traficar con datos ya disponibles en Wikipedia, tal vez encontraríamos a un público dispuesto a implicarse en esa gran aventura que llevamos viviendo en las quince últimas generaciones.

(Las negritas son mías.)

REFERENCIAS

[1] Stuart Firestein. Lo que la ciencia quiere saber. Investigación y Ciencia. Número de junio de 2012. Página 40.