¿Nuevos planes de estudio en la Escuela Universitaria de Informática? ¿Con los mismos profesores?

-"Si queremos que todo siga como está, es necesario que todo cambie".
-"¿Y ahora qué sucederá? ¡Bah! Tratativas pespunteadas de tiroteos inocuos, y, después, todo será igual pese a que todo habrá cambiado".
-"…una de esas batallas que se libran para que todo siga como está".

El Gatopardo, de Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

Ialtmaginemos, solo por el puro placer de imaginar, solo por desatar la fantasía y verla alzarse majestuosa, imaginemos, digamos, una escuela de informática donde ocurren hechos formidables y portentosos. Escuchad con atención, pues son dignos de reflexión.

Imaginemos, solo por el puro placer de imaginar, una escuela de informática donde algunos profesores de Algorítmica terminan el programa ¡tres semanas antes de acabar el curso! No significa esto en modo alguno que en esas tres semanas las clases continúen, no, no… Se manda a los alumnos a casita. ¿Para qué repasar? Aquí el secreto consiste en dar las clases a base de plúmbeas y alígeras transparencias, las cuales se leen con voz plomífera. Lo importante es cubrir material. Ya se sabe, material leído, material cubierto y, por tanto, susceptible de examen. Si los alumnos no lo comprenden, que lo trabajen, que para eso disponen de las transparencias. Si las transparencias pudiesen amarillear, las de algunos profesores parecerían milenarios pergaminos. Y aún hay más. En Algorítmica es frecuente que se den dos horas seguidas, pero se “negocia” con los alumnos dar una sola sesión de noventa minutos. Parece ser que la Algorítmica no cansa mentalmente o bien los alumnos son resistentes como acantilados.

Imaginemos, pero solo por el placer de imaginar,  que en una asignatura tan fundamental como Algorítmica enseñan dando el código ¡Pascal! Algorítmica es una asignatura en que deberían enseñar a resolver problemas de distinta índole de modo algorítmico. Esto quiere decir, por un lado, enseñar a pensar al alumno, y por otro lado, resolver los problemas descomponiéndolos en una serie de pasos finitos y construibles, en un nivel adecuado de abstracción, poniendo atención a la corrección del algoritmo y a su eficiencia (¿se prueban formalmente los algoritmos en esa asignatura?). Sin embargo, en esta asignatura dan el problema resuelto, no siempre de forma óptima, simplemente mostrando el código Pascal. De este modo, el alumno no alcanza a entender los mecanismos que hay detrás de su resolución. Para más inri, las soluciones que proponen son en muchas ocasiones fuerza bruta. El backtracking o enumeración combinatoria parece ser uno de los métodos favoritos de resolución de problemas (eso por no hablar de cómo dan complejidad de algoritmos).

Imaginemos, pero solo por el placer de imaginar, una asignatura cuyo profesor repite el temario palabra por palabra año tras año, textualmente, y no contento con eso ¡repite también preguntas en cada examen! Claro es, que esta asignatura goza de predicamento entre los estudiantes (o deberíamos llamarles “aprobadores”). ¿No es un poco estúpido hacer eso?

Imaginemos, pero solo por el placer de imaginar, una escuela en que el plan de estudios permita una fabulosa optatividad, en que se deje a cada departamento la “responsabilidad” de sacar cuantas asignaturas sea menester. Imaginamos que los alumnos entonces tendrían magníficas asignaturas entre las que escoger. Ahí residiría la calidad del plan de estudios. ¿Imagináis qué pasó al cabo de no mucho tiempo? Los departamentos se lanzaron con furia a ofrecer asignaturas, no importaba cuán cerca o lejos estuviesen de la Informática, cuán serio fuese su planteamiento, cuán coherente fuese su encaje con otras asignaturas o con el mismo plan de estudios en conjunto. En cierto momento hubo que poner un límite y los departamentos mismos dejaron aquellas asignaturas con más popularidad. Imaginemos, pero solo por el placer de imaginar, en qué consistió la popularidad, pero imaginemos con fuerza… En efecto, bien imaginado: la popularidad consistía en dar aprobados encubiertos y en hacer los cursos muy, muy, pero que muy “asequibles”. Como consecuencia las asignaturas serias se cayeron al abismo del olvido y sobrevivieron las “populares”.

Imaginemos, pero solo por el placer de imaginar, un grupo de profesores fascinados por un lenguaje de programación: el Pascal. Tan fascinados han estado que desde que se creó la escuela imaginaria de la que hablamos, siempre han enseñado el formidable lenguaje Pascal. Estos profesores defienden el Pascal con furia religiosa, casi uterina. En reuniones donde se les ha insinuado cambiar a otros lenguajes, ejem, más modernos, los ojos se les han inyectado en sangre, han apretado los labios con rabia apenas contenida, para después, con tensa calma pero tono pétreo, explicarnos las santas virtudes que adornan al Pascal –brazos extendidos hacia el cielo, dedos abiertos como estrellas de David y un hilillo de saliva asomando por las comisuras de los labios. Se les mencionaba los Computing Curricula del ACM, que ya hacía años que recomendaban abandonar el Pascal, o se les señalaba las bondades de otros lenguajes que ya incluían las del, ejem, Pascal. Más misticismo, más miradas extasiadas, más hilillos y tras eso, lenguas de fuego salidas de sus mefistotélicos ojos nos fulminaban a nosotros, los herejes malditos. Pascal per secula seculorum. Amen.

Imaginemos, pero solo por el placer de imaginar, un departamento de matemáticas en que año tras año se han ido rebajando los contenidos de las asignaturas hasta dejarlos en muchos casos en una sucesión de recetas. Se trata de una tendencia pedagógica llamada orteguismo, pero no se piense que Ortega y Gasset predicaba tales recortes, no, aquí se refiere a Simone Ortega, famosa autora de 1080 recetas de cocina. Se supone que las matemáticas enseñan a pensar y que un informático necesita pensar (sobre esto no hay duda, ¿no?). Primero se quitaron las demostraciones, los contrafuertes del razonamiento abstracto, las verdaderas entrañas del entendimiento matemático. Las demostraciones proporcionan entendimiento del problema, permiten al alumno “jugar” al juego de las reglas formales, familiarizarse con el lenguaje técnico y, por encima de todo, le fortalece el sentido de la abstracción, tan vital para un informático. Sin embargo, se fueron eliminando bajo diversos pretextos: “Los alumnos no se las estudian”, “Sí, se las estudian de memoria y las esputan el día del examen” y finalmente “No les aportan nada”, “Se me duermen en clase cuando las hago”, “Las demostraciones las dejan en blanco en el examen”. Las demostraciones –creemos nosotros- no están puestas para memorizarlas, sino para que sirvan de modelo de razonamiento. En el examen habría que evaluar la capacidad de pensar, no la capacidad de reproducir una demostración de memoria. Después vino un recorte de contenidos cada vez más acusado, en parte propiciado por un nuevo plan de estudios que redujo absurdamente las horas de matemáticas y, en parte, por el bajísimo nivel de los alumnos llegados del nuevo “bachillerato”, pero que en última instancia fue decidido por los profesores. Ahora se enseñan las matemáticas prendidas con alfileres, mediante actos de fe, con mucho aspaviento pero poca médula, y con el profesor en zozobra perenne, pues nada sostiene a nada.

Imaginemos, solo por el puro placer de imaginar, un departamento en esa imaginarísima escuela que imparte asignaturas tan, ejem, “fundamentales” para la Informática como Inteligencia: bases biológicas, neurológicas y psicológicas. En el programa de la asignatura podemos leer que se darán temas como La conducta humana: emociones destructivas (sic) o Neurología clínica: trastornos de la visión (sic). ¿Emociones destructivas? Las que producen tales tropelías, suponemos. Examinando otras, ejem, “asignaturas” de ese departamento nos topamos con la inefable Ingeniería de la rehabilitación (ojo al parche: 6 créditos, 60 horas de clase). En esa asignatura se puede aprender lengua de signos española, lengua de signos americana e intercambios internacionales en Europa y Latinoamérica (sic; sí, sí: sic). Nos preguntamos qué éxito puede tener esa, ejem, “asignatura” en esa imaginaria escuela de informática. Se lee en sus normas de evaluación que la asistencia cuenta para la nota. Acabáramos. Consultamos las notas de febrero de 2009 y, salvo los no presentados, ¡todos están aprobados! ¡Ciertos son los toros! Sí, ahora con toda certeza, podemos afirmar que estamos en presencia de una de esas asignaturas “populares”.

Imaginemos, solo por el puro placer de imaginar, una escuela de informática que acomete un cambio de plan de estudios, el cual se diseña atendiendo a las cuotas de poder de los departamentos (¿?). Eso sí, en las reuniones para redactar el nuevo plan de estudios los ilustres próceres de la escuela esgrimían toda suerte de informes científicos, desde los Computing Curricula del ACM hasta los informes de la CRUE. Todo eso era emocionante, enternecedor, embriagaba la elocuencia con que exponían sus buenas intenciones… Hasta que llegó, claro, el reparto de los créditos. Volaron las navajas mangorreras, se dieron cuchilladas traperas en oscuros pasillos, se quemaron con fervor inquisitorial informes científicos y pedagógicos, se urdieron secretos pactos, se compraron voluntades, votos, almas y destinos a cambio de una placitita, de un puestín, de medio cubículo… Y, claro, el plan de estudios, un mamarracho.

Imaginemos, solo por el puro placer de imaginar, la reacción indignada de la delegación de alumnos de esa escuela ante tamaños desmanes. No hubo tal. Los alumnos de la delegación, supuestos representantes de la mayoría indignada, compadrearon con los, ejem, “profesores” y no denunciaron las clamorosas situaciones. Con el tiempo los mismos alumnos cayeron en esa decadencia moral. Si en Algorítmica acababan las clases tres semanas antes, la mayor parte de los alumnos se alegraban. “¡Tanto mejor!, menos días que venir a esta escuela” –se regocijaban. Así se fueron convirtiendo en aprobadores, agarradores de títulos, pasantes de exámenes, pícaros del código, profesionales de la convocatoria, lloricas de las décimas de punto, expertos solicitantes de compensatoria; en fin, como algunos de sus profesores, se convirtieron en verdaderos golfos apandadores de la Informática.
 

Imaginemos, solo por el puro placer de imaginar… ¡No, no y no! ¡Basta! ¡No más imaginación! ¡Dejad la imaginación! Esto es real, sí, ¡real! Todo lo que habéis leído hasta aquí ha ocurrido, y de verdad, en la ESCUELA UNIVERSITARIA DE INFORMÁTICA (E.U.I.) de la UNIVERSIDAD POLITÉCNICA DE MADRID.


Pero este curso 2009/2010 entraron en vigor los nuevos planes de estudio, los planes de estudio de Bolonia, para unos una revolución pedagógica (los ECTS, el aprendizaje permanente, la homologación de créditos), para otros una mera mercantilización de la universidad que se ha llevado a cabo sin verdadero debate intelectual. Hemos oído durante la preparación del plan de estudios que la E.U.I. se iba a convertir en un gran centro, un centro superior, un centro líder en Informática. Esta vez un organismo independiente, la ANECA, debía aprobar el plan de estudios y ello forzó a sus autores a ser más rigurosos, por lo menos sobre el papel. Esto no impidió que, aunque en menos medida, el plan de estudios se hiciese a golpe de cuota de poder, con las navajas mangorreras asomando sonrientes por encima del bolsillo del chaleco. Y nos preguntamos: ¿Es que el plan de estudios va a cambiar las malas prácticas de algunos departamentos y profesores? ¿Va a cambiar los vicios adquiridos durante tantos años? ¿No estamos ante los mismos perros con distintos collares? A tenor de lo oído en los últimos meses, parece que algo va a cambiar. ¡Albricias, pues!

Por desgracia, la realidad es tozuda. El día 7 de septiembre empezó el nuevo curso. Los profesores de Algorítmica se presentaron a los alumnos y les dijeron que ¡empezarían a dar clase el 21 de septiembre! Véase en la figura el anuncio que puso la Jefatura de Estudios ¡el día 10 de septiembre informando a los alumnos!

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En la asignatura de Robotics (Robótica), con docencia en inglés en horario de miércoles y viernes de 7 a 9, los alumnos se llevaron una “sorpresa”. No se va a dar en inglés (solo las transparencias) y los viernes, “a menos que se necesite”, no habrá clase (¿?).

¿Qué ha cambiado en la E.U.I.? Tenía razón el viejo y sabio príncipe de El gatopardo. Algo debe cambiar para que todo siga igual… Los mismos perros con distintos collares…