La vida te enfrenta a las teorías que uno se forma sobre ella a la menor ocasión. Y así uno puede poner a prueba su coherencia y la de sus ideas. Ayer (07/07/2009) tuve la oportunidad de confrontar mis ideas con la realidad.

 

Estoy pasando una temporada en Canadá (de marzo a agosto de 2009) y hace tiempo me uní a un equipo de hockey línea en la liga universitaria de Concordia. En principio, no pude apuntarme, pues no conocía a nadie y la inscripción era por equipos. No obstante, conseguí que me pusieran en una lista de espera por si a algún equipo le hacían falta jugadores. Afortunadamente, tres semanas después me llamaron, se había producido una vacante. Habían echado a tres jugadores por violentos. Leyendo las reglas de la liga descubrí que con el tema de la violencia eran muy serios.

 

Hablé con el capitán del equipo. Me contó que el equipo estaba formado por personas sordas. Le hice saber que esa circunstancia no me importaba en absoluto, pero sí me preocupaba entrar en un equipo en que había habido precedentes de violencia. Scott, que así se llama el capitán, me aseguró que no habría problemas y que exactamente por su rechazo a la violencia había echado a esos jugadores.

 

Los equipos de esa liga son buenos. Tienen un patinaje increíble, rápido, preciso, muy fluido, son capaces de frenar en menos de un metro. Eso por no hablar del control de la pala y la pastilla. Son capaces de regatear en un espacio minúsculo, con movimientos inesperados, creativos; son capaces de pasar desde las posiciones más difíciles; el tiro es siempre muy potente. He de aclarar que en esta liga no está permitido hacer tiros de impacto (slap shot), pero a pesar de eso los tiros de muñecas son fortísimos. Y tienen una gran compenetración como equipo, con muchos rutinas de ataque que ejecutan con los ojos vendados.

 

Pero nuestro equipo no es bueno, a excepción de dos jugadores. Nos falta patinaje y técnica de pala. Supongo que es difícil para personas sordas jugar al hockey, como lo es otras tantas cosas. Además hay dos jugadores que llevan poco tiempo jugado al hockey (yo soy uno). Así pues, somos los últimos o los penúltimos de la liga.

 

Ayer nos tocaba enfrentarnos con un equipo difícil, el segundo o el tercero de la liga. En el partido de ida nos golearon. Nosotros no estábamos especialmente motivados; la semana pasada jugamos realmente mal. Nos hicimos un lío con las posiciones, con las salidas de zonas; en fin, no fue nuestro día. Ellos, los Fishy Fingers (resultó que no eran solo los dedos la chamusquina), salieron muy confiados en ganar el partido, incluso con un punto de chulería.

 

Scott cambió las líneas e hizo unas nuevas, y creo que acertó. Combinó el potencial que teníamos de un modo inusual. Hizo una línea con nuestros mejores atacantes y la otra línea, en la que me encontraba yo, más defensiva.

 

Empezamos marcando y los Fishy Fingers se sonreían. Pero nuestros defensas, Scott y David, este último corpulento pero ágil, no dejaban pasar a nadie. Mención aparte merece el portero, que hizo un partidazo. El partido iba ganando en interés: 1-0, 2-0, 2-1, 3-1, 3-2, 3-3, y fin de la primera parte. A pesar del empate, habíamos jugado en estado de gracia. Todo el mundo en el equipo había estado muy concentrado y con sentido de la responsabilidad.

 

Segundo tiempo: los Fishy Fingers salen a por todas, pero les paramos una y otra vez. De pronto, nos damos cuenta de que no bajan a defender tanto como deberían y empezamos a aprovechar los contragolpes. A diez minutos del final estamos 8-6 a nuestro favor.

 

Y aquí viene la confrontación con mis ideas sobre la violencia. En otro artículo he analizado el papel de la violencia en el hockey en Canadá y el formidable condicionamiento hacia la violencia al que someten a los equipos infantiles y juveniles de hockey. Es evidente que esa violencia está latente en algún sitio y que, a pesar de las estrictas normas de esta liga, pugna por salir.

 

Los Fishy Fingers, viendo que perdían el partido, empezaron a hacer cargas peligrosas y a jugar sucio con el palo. Los árbitros no se arredran y pitan las faltas, faltas que aprovechamos para marcar goles. El equipo contrario, incansable, continúa con la violencia. Logran el 8-7. En un lance del juego uno de los jugadores se enfada con Scott y le da tres guantazos. Con gran inteligencia, Scott, que lo ve venir, se deja pegar. Heroica actitud. Los dos árbitros (sí, aquí hay dos árbitros) escoltan al jugador fuera de la cancha. Está expulsado por lo que resta de la liga.

 

“¡Abre los ojos de una maldita vez, árbitro!” –se oye una voz rugiente, grave-. El padre de uno de los jugadores increpa al árbitro principal. Éste, lejos de amilanarse, se dirige al padre y le pide que guarde las formas. El padre sigue gritando, gesticulando, ajeno a cualquier razonamiento. El árbitro, cuya actitud ha sido todo el tiempo de firmeza, llama al encargado de la pista. Éste viene enseguida y conmina al padre a callarse o llamará a la policía (sic). El padre, a regañadientes, rojo de ira, se cruza de brazos con gran rigidez y se calla.

 

Prosigue el partido, no sin nerviosismo, pues vemos que los jugadores del otro equipo no tienen intención de calmarse. De nuevo, mi equipo aprovecha la inferioridad numérica y marca un gol, que pone el marcador en 9-7. Quedan dos minutos. Los Fishy Fingers sacan lo mejor de sí mismos y es muy difícil pararlos. Los tiros se suceden sin parar sobre nuestra portería, pero han subido demasiado, incluido el defensa. A falta de diez segundos se produce un robo de pastilla y nuestro delantero sube solo en un 1 contra 0. Le persigue el defensa, quien le hace una carga fortísima por detrás y le asesta un golpe con la pala en las costillas. Milagrosamente, nuestro delantero logra tirar y meter gol, pero después queda tirado en el suelo durante más de veinte minutos.

 

Se producen escenas de confusión. Los jugadores de mi equipo, sordos, aullan, profieren unos gritos que hieren los tímpanos. Me es ininteligible lo que gritan, pero percibo el dolor en el tono. Algunos jugadores del otro equipo rompen las palas contra el suelo. El árbitro coge del brazo al agresor y se asegura de que sale fuera del recinto de la pista. Está expulsado definitivamente de la liga. Pasa a mi lado. Lo observo. Ningún arrepentimiento. Es el resultado del condicionamiento de la violencia. No hay empatía. Somos un equipo malo que les ha robado un partido. El padre de antes vuelve a berrear. Todo mi equipo se siente triste. Estamos esos veinte minutos alrededor de nuestro hombre. Se levanta finalmente, jadeando, la cara roja de dolor, aturdido. Viene el médico. Lo reconoce. Parece que no hay nada grave, pero le recomienda reposo.

 

Como veis, la realidad me ha confrontado con mis ideas. Y son correctas: la violencia es una equivocación, la violencia es moralmente mala.

 

EPÍLOGO: Si esto hubiese pasado en la liga de Federación de Patinaje de Madrid, ¿se habría echado a los jugadores para toda la temporada? ¿Se enfrentaría un árbitro a un padre agresivo? ¿Le amenazaría con llamar a la policía? ¿Tendrían nuestros árbitros, en general, esta actitud de valentía respecto a la violencia? ¿Podemos confiar en la liga madrileña en una estricta aplicación del reglamento como es el caso de esta liga universitaria? ¿Realmente vale la pena lesionar a un jugador por ganar un mísero partido de una modesta liga universitaria de verano? ¿Ganar un partido justifica los medios?